27 abr. 2010

Café con el diablo.

Y acabo mis relatos/microrrelatos más recientes con una de mis obras más cariñosas de estas últimas semanas. La escribí para un concurso ( el cual quedé tercero llevandome sus veinticinco euros) y cuando la acabé no pude pensar en otra cosa que no fuera House of Mystery.

Bueno, espero que la disfruten tanto como yo.

Mi nombre es Taylor Wayne, y esta es la historia de como conocí al diablo, como le convencí para que no comenzará el Armagedón y, todo sea dicho, me pagara un café.

Era día seis, y como siempre, nos reunimos en el bloque VI de la universidad, en el
aula número seis. Allí estabamos los de siempre, sentados en nuestros respectivos asientos.
Dave, el alumno de intercambio ecologista y fan de Kurt Cobain con una enfermedad
llamada germofobia; Jackson, presidente de la asociación del club de ajedrez, Loreta, una
chica al borde de la anorexia que se preocupaba más por la talla de su pantalón que de su propia carrera;
y yo, convincente, soñador y con aires de grandeza. Frente a nosotros estaba el profesor
Johnson, un catedrático y antiguo político que estuvo a trescientos votos de ser el gobernador de
Florida, pero un viejo actor le borró el sueño como si fuera un dibujo hecho a lápiz.
- Muy bien, hoy nos reunimos, como todos los jueves, para debatir sobre algún tema.
¿Alguien tiene algo preparado?- En ese momento la puerta se abrió y entró una joven de pelo
rojo fuego, con un traje negro y unos tacones bastante altos. Estaba, en pocas palabras, para
comérsela, y el profesor lo sabia-. ¿Qué desea, señorita?
- Es aquí el club de debate- Era una afirmación, no una pregunta-. Querría participar, ¿interrumpo?
- No, no, adelante, siéntese donde guste- La chica avanzó y dio la casualidad que nuestras
miradas se cruzaron y fue, sin duda alguna, como si me atravesara una estaca el corazón.
En sus ojos había fuego líquido, como si ardiera el infierno en ellos, imparable y abrasador.
Se sentó junto a mi, cruzando las piernas y dejando ver sus muslos pálidos y perfectos.
- Me llamo Lill- dijo simplemente, con una sonrisa fría-. Es un placer.
- El placer es nuestro- Con nuestro, el profesor quiso decir mío, que tuvo que sentarse
detrás de la mesa por razones obvias-. Siempre es un honor tener más gente aquí. Bién,
como iba diciendo ¿Queréis tratar algún tema en especial?
- Guerra en el mundo.- sugirió Dave.
- Prefiero el hambre- propuso en voz algo baja Loreta.
- ¿Y por qué no el VIH ?- pidió Jackson. Creo que fui el único que percibió la risa de Lill. Que chica más rara, pensé en aquel momento, despreocupado.
- Tengo un tema, profesor- Mi voz siempre era la más imponente y alta puesto a que era el
de más edad-. Quisiera que hoy habláramos de Dios ¿Qué os parece? No desde el punto de
vista eclesiástico, sino desde el punto de vista ético.
- Excelente- Aplaudió el profesor con una gran sonrisa-. Por favor, plantea el tema, Taylor.
- Bien- tosí ligeramente y comencé a hablar-. Desde siempre hemos pensado en Dios como una
figura anciana y sabia y con las tres o: omnisciente, omnipotente y omnipresente. Pero, ¿De verdad
es tan miresicordioso? Si es así, quisiera saber el motivo del destierro de Lillith, la primera mujer
¿Solo porque se negó a estar debajo del hombre?
- Pero Dios le ofreció el paraíso. Todo exige sacrificio.- contratacó Dave, rascandose la cabeza.
-Pensé que los sacrificios habían quedado obsoletos en las religiones paganas- ironicé.
- ¿Y qué os parece la idea de que Dios lo tuviera todo planeado?- la voz de Johnson sonó por
primera vez-. Ya sabeis, un plan inefable.
- No lo sabes tu bien, murmuró Lill a mi lado.
- ¿Has dicho algo?- le pregunté.
- No, nada. Continuen.
- Como decía, Dios lo tenía todo métricamente calculado. Él preparó a ambos ejercitos, el dejó que
las ideas fluyeran entre su reino. Él...
- Johnson, ¿No habrás vuelto a ir a esas conferencias de comics, verdad?- todos rieron ligeramente, pero enseguida volvimos con el debate. Yo proseguí hablando, serio.
- Lo que quiero plantear es. ¿Dios es realmente Omnisciente? si es así, ¿ por qué debemos
ir a la iglesia a rezar si lee directamente nuestros pensamientos? No entiendo el por qué habrá
que darle dinero a la iglesia. ¿No sería más cómodo un móvil con saldo? como esas tarjetas
internacionales, pues en vez de éso, una que sea intercelestial.
- Lo que yo no entiendo es por qué te lo tomas todo tan a broma- espetó Loreta, ofendida-.
Nosotros siempre intentando mantener un debate serio, y tu saltas con estupideces así.
- Quizás porque no teneis que hacer nada contra mi, ya que soy mejor que vosotros en todos
los sentidos.- dije con intención de herir.
- Por favor, haya paz- el profesor intentó relajar el ambiente, pero la bomba ya había explotado.
- ¿Y qué te hace pensar eso?- preguntó Dave con una ceja alzada.
- Por favor, miraos: Dave, eres un hippie con miedo a los gérmenes¿ Qué clase de drogas
te metes para no darte cuenta de eso? Loreta, ¿cuando fue la última vez que comistes? eres
una anoréxica o bulímica o lo que quiera que seas, por dios. y Tu, Johnnson, ¿con veinte
años y aun virgen? Os preocupais más de Dios que de vosotros mismos. Si vuestro cuerpo es
vuestro templo- y en ese instante no pude evitar mirar las piernas de Lill- deberíais
rendirle culto y no preocuparos de esas tonterias.
- ¡Eso sobraba, imbécil!- gritó Loreta. Los tres ofendidos se levantaron y se fueron sin decir nada. El profesor suspiró y me miró.
- Te has pasado, Taylor...- y también decidió irse.
- ¿Pero qué he dicho?- dije mientras miraba a la chica. Ésta me observaba de una forma extraña, como si me estuviera poseyendo con aquellos ojos tan extraños. Entonces habló. Era una voz suave, tranquila, pero llena de contundencia, haciéndome sentir realmente pequeño.
- ¿Crees saberlo todo, chico? ¿Crees tener la suficiente capacidad como para ser algo parecido a
Dios? Pues es hora de demostrarlo.- y al pestañear me sumergí en un torbellino de imagenes
encadenadas, veloces, rápidas. Grité asustado y en un simple chasquido estaba sentado frente a
aquella mujer. Ya no estabamos en la clase número seis, es más, creo que ni siquiera nos
encontrabamos en el país. Parecía una especie de casino, con bastante gente sentada frente a
máquinas, tirando de las palancas y viendo las ruedas girar y girar. Parecían autómatas, siempre con el mismo gesto. Introduciendo una moneda, tirando de la palanca y recogiendo algun que otro premio. Siempre el mismo gesto. No parecía que se lo pasaran bien.
- ¿Estamos en las Vegas?-pregunté, mirando a mi alrededor.
- Podría ser- Lill había cambiado de traje. Ahora iba completamente de rojo, con las uñas bastante
largas y un cigarro en la boca-. Pero no. Ésto es el infierno de Paul Matius. Era un ludópata que acabó acribillado a balazos por deudas de juego.
- ¿Y donde esta?
- Pues estás sentado encima de él, en esa palanca que tira aquel hombre, en aquella lámpara. Él es su propio infierno- Se acomodó en la silla y me observó detenidamente-. Muy bien. Te he traído aquí para que me des una razón lo suficientemente convicente para que no desate el apocalipsis en la Tierra. Una solamente. Si pierdes, te convertiré en uno de los cuatro ginetes del apocalipsis junto a tu grupo de extraños amigos. Si me convences respetaré tu vida y además pagaré lo que pidamos. Tiene que ser algo que de verdad me importe, que de verdad sea aceptable. Si no...bueno, caerá bajo tu espalda la destrucción de todo lo que amas.
Me quedé completamente acongojado. Tenía frente a mí a la reina del infierno, la cual podía
condenarme a un castigo eterno sin contemplaciones, y debía convencerla para que no destruyera
mi mundo. Iba a ser un largo día. Un camarero sin rostro nos tomó nota: dos cafés solos que trajo con premura. Lill se llevó la suya a la boca, bebiendo un sorbo.
- Una razón convincente...- murmuré.
- Así es. Tomate el tiempo que necesites, tu cuerpo ahora está en un estado comatoso, como si
durmieras- reí ligeramente. Aquéllo era tan extraño y excitante que se me erizaba el pelo de la nuca.
- Muy bien- dije y tosí ligeramente, aclarándome la garganta. Bebí un poco de café amargo y la
miré-. Sin la humanidad, sin los hombres y mujeres, sin los humanos...ya no habría juego. Es lo
único que te mantiene con vida, feliz y con un propósito. El juego.¿ De qué sirve la destrucción?
¿Qué habría luego? Es cierto que la cifra de clientes aumentaría en un alto porcentaje, pero... después no habría nada...ya no quedaría nada. Esa es mi razón. Sin humanos no hay juego. Sin juego no hay jugadores. Sin jugadores, no hay diversión.- comencé ligeramente a temblar.
Acaba de soltar una charla mientras la chica miraba distraída hacia otro lado, pegándole caladas al
cigarro ¿ La habría convencido, o por el contrario ya estaría pensando como sería mi eternidad en su reino de fuego y lava? Me miró como solo ella podía hacer y noté que mis tripas ardían como ascuas, que mis ojos iban a estallar...

Y al abrir los ojos estaba en la sala número seis, un jueves seis, en el bloque VI. Jadeé y miré a mi alrededor sin encontrar a nadie. Solo había silencio y oscuridad rota por una tenue luz que provenía del pasillo. Parecía la clásica luz del final del tunel cuando morimos, celestial y purificadora.
- ¿Ha sido una pesadilla?- y me di cuenta de que no lo había sido para nada.. En mi regazo había un libro titulado "grandes microrrelatos". Lo abrí por la página marcada y leí la única frase de la blanca hoja:
- Y cuando despertó, el dinosaurio seguía ahí.- reí por no llorar. El marcador era un papel blanco
que solo ponía ''dos cafés. tres dólares''. Noté que mis piernas estaba entumecidas pero conseguí
levantarme y caminar hacia la salida.
Efectivamente había salvado al mundo del apocalípsis con un único motivo, y mi premio fue un
libro de microrrelatos y un café.

Mi nombre es Taylor Wayne, y sigues vivo gracias a mi. ¿Pagas la ronda o tengo que contarte de nuevo mi historia?


Saludos mutantes desde Genosha

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